Todo lo que hace falta para usar Tempo desde cero, sin leer cuarenta páginas.
Lo que hace alguien que empieza, desde entrar hasta que nada quede olvidado. Una pantalla por paso.
Qué es, cómo se entra, y dónde está cada cosa.
Las obras abiertas, en qué etapa va cada una, quién hace qué y para cuándo, y qué se le prometió al cliente.
La mitad de los problemas de una obra no son que algo salió mal, sino que nadie se acordó a tiempo. Por eso Tempo avisa.
Sólo lectura. Verde lo terminado, coral lo que está en curso.
Tempo no tiene contraseña propia. A propósito.
Siempre pregunta, aunque tengas una sola.
Sin esto no ves ni el menú. No está roto: está esperando.
Si tu correo está en un equipo, entrás a ese estudio con el permiso que te dieron. Si nadie lo conoce, Tempo te abre un estudio nuevo y vacío, sólo tuyo. Para ver datos de verdad, alguien del estudio tiene que agregarte en Equipo.
La sesión dura 30 días sin usarla. Para salir: Configuración → Cuenta → «Desconectar Google Calendar».
Todos ven todo dentro del estudio, porque trabajan sobre los mismos proyectos. Y mover la etapa lo puede cualquiera: no es una decisión, es contar lo que pasó.
Es de administradores, salvo que a alguien se le active el permiso suelto de «puede abrir proyectos» desde su ficha en Equipo.
| Puede… | Miembro | Líder | Admin |
|---|---|---|---|
| Ver y mover etapas | |||
| Su propio trabajo | |||
| Asignar a otros | |||
| Escribirle al cliente | |||
| Cerrar o archivar | |||
| Borrar lo de otro | |||
| Equipo y permisos |
Proyectos y tareas: el día a día del estudio.
El reloj empieza el día que se crea el proyecto. Tocá cada etapa.
Todo lo que anotás en un proyecto lo lee el cliente por su enlace. Y la bitácora sólo crece: no se borra ni se edita.
La campana pide una actualización por WhatsApp. Tocala en la maqueta.
Los estados son dos, pendiente y hecha, y aparte va una barra de avance. Se puede tener el trabajo terminado y la tarea abierta esperando revisión.
Una tarea puede no tener proyecto, y es lo normal. Asignarle trabajo a otra persona es de líderes y administradores.
Un micrófono en toda la app, también en el teléfono. Se le habla como a alguien del estudio: mira tu agenda, entiende varias cosas en un mensaje y te pregunta lo que falta. Todo lo que crea o cambia te aparece en una tarjeta para confirmar.
Reuniones, minutas, y lo que se le promete a un cliente.
Al cliente le llegan dos mensajes por reunión: la confirmación al agendarla y un solo recordatorio. Cuándo sale depende de si tiene que manejar. Cambiá el tipo de reunión.
El correo de invitación, que lo manda Google, y un WhatsApp con botones «Confirmo» y «No puedo». Si es virtual, el WhatsApp lleva el enlace de Meet; si es presencial, la dirección.
Por eso el lugar se escribe bien: «Sitio» no le dice adónde manejar; «Lote 5, Urb. Los Laureles, Escazú» sí.
Activá «Tomar notas por mí» en Google Meet. Sin esas notas no hay minuta, y no se puede escribir a mano.
El PDF incluye «Puntos destacados», la parte interna. El botón «Enviar» la quita. Reenviar el PDF, no.
Un recordatorio es una alarma que uno se pone. Un compromiso lo hace una persona, y por eso se puede incumplir. Tempo los detecta solos en WhatsApp.
WhatsApp, los avisos automáticos y la inteligencia artificial.
Sólo se puede escribir texto libre a quien le escribió al estudio en las últimas 24 horas. Después, sólo pasan las plantillas que Meta aprobó a mano.
Sin las credenciales de Meta, todo parece funcionar y no sale ni un mensaje. La pantalla de estado dice «modo simulado».
Catorce tareas diarias, una cada diez minutos, y un vigilante que vigila a las demás: existe porque una vez dos tareas fallaron en silencio durante meses.
Van al equipo, nunca al cliente. Lo que está por pasar vibra y se queda en pantalla; los resúmenes no despiertan el teléfono. Un aviso que caduca se descarta en vez de llegar tarde.
Cinco niveles de autonomía por área. De fábrica, escribirle a un cliente arranca en proponer.
Son las cosas que no se deshacen.
Elegí qué te pasa, y te digo dónde mirar.
Elegí un síntoma de la lista.